jueves, 2 de noviembre de 2017

La cena de navidad

Los dos días que había estado con los preparativos de la cena habían sido enormemente agotadores. 







Las recetas que había preparado provenían del libro de cocina familiar que había comenzado mi abuelo, continuado mi adorada madre,  y que yo pensaba actualizar algún día para gozo de mis hijos, si es que los tenía. En caso contrario esperaba que lo disfrutaran mis sobrinos.


Los hijos de mi hermano Miky no vendrían a la cena, aún eran pequeños, aunque sí acudirían los familiares más allegados de nuestro clan y alguno de los amigos íntimos de la familia. Cada año nos turnábamos con el fin de preparar las más suculentas viandas y las mejores recetas. 



Mi esfuerzo había empezado allá en noviembre de dos años antes, con la búsqueda de la mejor materia prima,  dado que necesitaba la mejor calidad. El proceso empezaba por localizar una pieza ni muy vieja (sería todo pellejo) ni muy grasa (carecía posteriormente de valor para muchas recetas). Tampoco servían ejemplares musculados por la mayor dureza de sus carnes. 



Elegí carne de hembra, tierna por su recientemente cumplida mediana edad, que había llamado mi atención culinaria nada más verla.


El despiece había sido limpio y había conseguido dar a la carne la forma perfecta.  A esto habían seguido veinticuatro meses de curación al estilo español que me aseguraría, en esta competición familiar, homenajes como mejor maestro del picoteo, dado que con los traseros había elaborado un delicioso jamón curado, que los españoles llamaban serrano, los portugueses presunto, y que también resultaba manjar en las bocas de italianos, aunque sin lugar a dudas llegaba a su máxima expresion como delicatessen en las manos de los españoles.


Para las recetas que preparaba durante esos dos días anteriores a Navidad, había conseguido la carne de la hermana de sangre, de hecho gemela, para entusiasmo de los paladares familiares. Un delicado paté y un delicioso caldo serían los entrantes, a los que seguiría el increíble hojaldre relleno que saldría del horno en unos minutos. El postre se componía por una gran variedad de quesos de diferentes lugares, tipos de leche y maduraciones de diferentes intensidades, como clímax a tan espléndida cena.



Le di luz verde a Madre para que pasara a la familia a la mesa del comedor, perfectamente preparada para recibir a los invitados.



En cada plato, a modo de preparatoria para nuestra costumbre anual, había dejado los dos artículos de periódico donde se leía la desaparición de Johanna y un año después, su gemela Melisa, que harían tan especial este año en el que saborearíamos la Navidad con nuestro sublime canibalismo ocasional.





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6 comentarios:

  1. Morboso relato, Esperanza. Desde luego esa familia promete Navidades inolvidables, je, je, je... Estupendo relato. Un abrazo!

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  2. Mejor que no me inviten a esa cena tan... especial. Claro que si ignorara la procedencia de la carne podría decir aquello de "ojos que no ven...", jajaja
    Un abrazo y viva la cena de Navidad en familia.

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    Respuestas
    1. Jajaja que tremendo.... hace un mes escaso cogieron a dos rusos caníbales. Un abrazo y recordad que pronto llega la Navidad... 😉😉

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  3. ¿Estaban buenas las gemelas? jajajajajajaja
    El relato tiene su aquel, cuando encuentre la palabra exacta te lo digo!!!
    Muy buena historia, de la cena no puedo opinar...

    Un abrazo

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  4. Yo creo que la cena, estaba deliciosa, pero no sabría definir el sabor de la carne (ni querría poder hacerlo)... en cuanto al jamón seguro que no llegaba al nivel del paladar de un buen extremeño, ni de un onubense... hay cosas que es mejor que no lleguen nunca. Gracias David!!!

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